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Exclusivo: la Segunda Marquetalia ordenó matar a Miguel Uribe Turbay. Cuente Pues Eje revela la escalofriante confesión de uno de los condenados.

Diana Marcela Vásquez Sierra by Diana Marcela Vásquez Sierra
marzo 21, 2026
in Noticias
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Confesión de Simeone Pérez Marroquín, conocido con el alias del Viejo y condenado por el magnicidio de Miguel Uribe Turbay. Contó que el crimen fue autoría de esta disidencia de las Farc.

Se trata de un testimonio rendido ante la Fiscalía por Simeone Pérez Marroquín, alias el Viejo, condenado este viernes a 22 años de prisión por planear el crimen del entonces precandidato presidencial del Centro Democrático, el 7 de junio del año pasado en el parque El Golfito, ubicado en el barrio Modelia de Bogotá.

En una extensa declaración, el Viejo reveló a los investigadores detalles hasta ahora desconocidos sobre la planeación del asesinato de Miguel Uribe Turbay, así como la identidad de los presuntos autores intelectuales de un crimen que conmocionó a Colombia.

“El grupo que ordenó el atentado en contra del senador Miguel Uribe fue la Segunda Marquetalia”, confesó el Viejo en un interrogatorio el pasado 9 de febrero, cuya declaración apenas ahora sale a la luz.

Cuando los investigadores de la Fiscalía le preguntaron quién impartió la orden directa del magnicidio, respondió sin titubeos: “La impartió el Zarco Aldinever, de la Segunda Marquetalia”.

La Segunda Marquetalia es una disidencia de las Farc comandada por Iván Márquez. Uno de sus hombres de confianza era José Manuel Sierra Sabogal, alias el Zarco Aldinever, quien, según informó el Ministerio de Defensa, fue asesinado el 11 de agosto del año pasado por el ELN en la frontera con Venezuela.

De acuerdo con esta confesión, mientras la Segunda Marquetalia adelantaba diálogos en el marco de la llamada “paz total” con el Gobierno Petro, uno de sus integrantes habría ordenado el magnicidio de Miguel Uribe Turbay.

El Viejo también reveló que su participación en el crimen se dio tras ser contactado días antes del atentado por Kendry Téllez Álvarez, alias Yako, un desmovilizado de las extintas Farc que posteriormente se integró a la Segunda Marquetalia.

Así lo relató ante la Fiscalía:

“Quien me informó que la Segunda Marquetalia era la que había ordenado esta operación en contra del senador Miguel Uribe fue Kendry Téllez Álvarez, alias Yako. Ante las personas en la ciudad le decimos la ‘vuelta’, pero ante los mandos de la guerrilla es una ‘operación’ (…) Siempre se sostuvo la inteligencia, la información y la logística para ejecutar esa orden que impartió Kendry (…), la orden que nos dieron los de arriba, me refiero a la gente de la Segunda Marquetalia; esa orden se tenía que ejecutar sí o sí”.

Según los archivos, alias Yako compareció en 2022 ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), pero posteriormente habría retomado las armas junto a estructuras ligadas a Iván Márquez y al Zarco Aldinever.

Los socios

Alias Yako no era un desconocido para el Viejo. Su relación venía de años atrás, cuando coincidieron en la cárcel La Picota de Bogotá, donde ambos estuvieron privados de la libertad por homicidio. Desde entonces, según su relato, construyeron un vínculo que con el tiempo derivó en actividades criminales.

En su declaración, el Viejo explicó que días antes del atentado fue contactado nuevamente por Yako, quien le habló de “trabajos importantes” y le propuso un viaje hacia la zona de frontera. La propuesta no era menor: implicaba reuniones, logística y posibles acciones armadas.

De acuerdo con su versión, el encuentro clave se habría concretado entre Cúcuta y la frontera con Venezuela, un territorio estratégico donde operan estructuras ilegales. Allí, según dijo, se terminaron de ajustar los detalles del crimen.

El Viejo también relató que Yako le insistía en que debía conocer a una figura de alto nivel dentro de la organización. Hablaba de ese contacto con respeto y cautela, como alguien con poder dentro de la estructura armada.

Lo que el Viejo asegura que desconocía en ese momento era la identidad de ese hombre. Con el paso de la investigación, se estableció que se trataría de alias el Zarco Aldinever, uno de los principales mandos de la Segunda Marquetalia y señalado por las autoridades como pieza clave en la autoría intelectual del atentado.

El Viejo aseguró que, aunque Yako le habló del encuentro, nunca le reveló con quién se reuniría exactamente. Solo le indicó que debía presentarse ante un integrante de alto nivel de la Segunda Marquetalia.

Siguiendo esas instrucciones, emprendió un viaje hacia Cúcuta. Según su relato, lo hizo en transporte intermunicipal y en horario nocturno, con el fin de evitar controles de las autoridades en carretera.

Al llegar, fue citado en una cafetería, donde lo abordó un joven que coincidía con las características que previamente habían acordado. Sin mayores explicaciones, el hombre lo recogió en motocicleta y lo sacó de la ciudad.

Durante el trayecto, el Viejo relató que le cubrieron el rostro para impedir que identificara la ruta. Después de varios minutos de recorrido, entre vías pavimentadas y tramos destapados, llegaron a una vivienda sencilla en una zona apartada. Allí, según dijo, había al menos dos hombres más, aparentemente armados, custodiando el lugar.

Fue en ese sitio donde, finalmente, conoció a quien le habían anunciado.

De acuerdo con su versión, el hombre se presentó como “el Zarco”. Lo describió físicamente como alguien de contextura delgada, estatura media, rasgos finos y ojos claros. Aunque no observó armamento visible en ese momento, le llamó la atención la aparente normalidad del entorno, pese a tratarse —según entendía— de una estructura guerrillera.

En ese encuentro, el supuesto mando le habría transmitido un mensaje claro: podía estar tranquilo porque venía recomendado. Sin rodeos, le planteó que necesitaban evaluar su perfil antes de integrarlo en tareas más delicadas. El Viejo, según su propio relato, aceptó de inmediato.

A partir de ahí, las instrucciones quedaron definidas: cualquier comunicación y coordinación se haría a través de Yako. El contacto directo con ese nivel de la organización sería excepcional.

Tras la reunión, fue sacado del lugar bajo las mismas condiciones de seguridad y regresó posteriormente a Bogotá, sin tener aún claridad total sobre la magnitud del encargo en el que estaba comenzando a involucrarse.

Así identificó a Miguel

El momento clave, según el relato del Viejo, llegó con una llamada que marcó el inicio de la operación. “Llegó la hora”, le habría dicho Yako, citándolo en un punto de Bogotá para avanzar con el plan.

Sin conocer aún la dimensión real del objetivo, el Viejo acudió al lugar indicado: un parque con un salón comunal, donde —según le habían dicho— debía ubicar a una persona “importante”. No le mencionaron que se trataba de un dirigente político.

Al llegar, notó movimiento, pero nada fuera de lo común. Sin embargo, minutos después, el ambiente cambió. La presencia de escoltas y la reacción de la gente le dieron la pista definitiva: se trataba de Miguel Uribe Turbay.

El Viejo permaneció en el sitio el tiempo suficiente para observarlo, escuchar su intervención y acercarse sin levantar sospechas. Aprovechando la multitud, tomó una fotografía como lo hacían otros asistentes, pero decidió no enviarla de inmediato para no generar alertas.

Esa imagen, según su confesión, fue entregada posteriormente a alias Chipi, señalado por las autoridades como pieza clave en la ejecución del atentado. El contacto entre ambos habría sido coordinado por Yako, quien les dio una instrucción clara: entenderse directamente para lo que venía.

A partir de ese punto, el plan comenzó a tomar forma. El Viejo aseguró que fue él quien confirmó que el objetivo era un candidato presidencial y que incluso eligió algunos de los lugares de encuentro, buscando moverse en zonas que le resultaran conocidas y que, al mismo tiempo, le ofrecieran cierta seguridad.

Pero el ataque no se limitó a un solo intento. Según su versión, hubo movimientos previos en otros sectores de la ciudad. Uno de ellos, en la localidad de Engativá, donde también se habría evaluado la posibilidad de ejecutar el atentado.

En ese episodio, otros nombres empezaron a aparecer. Entre ellos, una mujer identificada como Katherine, quien, según el testimonio, ya tenía en su poder el arma días antes de los hechos.

Todo indicaba que la operación llevaba tiempo en preparación. Seguimientos, reconocimientos y coordinación entre varios actores hacían parte de un plan que, como reveló el propio Viejo, estaba destinado a cumplirse a toda costa.

El plan inicial no se ejecutó como estaba previsto. Según el relato, la operación en Villa Amalia tuvo que ser abortada a última hora debido a la ausencia del objetivo. La logística ya estaba en marcha, incluso con el arma lista, pero todo quedó suspendido. La señal, según le informaron, era clara: había demasiada exposición en la zona y el candidato nunca apareció.

Sin embargo, lo que se detuvo ese día solo fue un aplazamiento.

Tiempo después, llegó una nueva instrucción. El escenario cambiaba: ahora el punto era el parque El Golfito. Desde ese momento, la operación volvió a activarse.

El Viejo asegura que no asistió directamente al lugar por precaución. En su lugar, delegó el reconocimiento a alias Chipi, quien se encargó de verificar el terreno, identificar accesos y coordinar detalles clave. Incluso, según su versión, hubo comunicación en tiempo real para ajustar la ejecución del plan, observando puntos estratégicos del parque y sus alrededores.

Con el terreno listo, la logística entró en su fase final.

La entrega del arma era un paso crucial. Según el testimonio, Katherine tenía la responsabilidad de hacerla llegar a quienes ejecutarían el ataque, replicando el mismo esquema que se había intentado días antes. El Viejo afirma que él mismo coordinó con ella su llegada al lugar.

No obstante, hubo decisiones que, según su versión, no salieron como se había planeado. Él asegura que le recomendó evitar el punto exacto de encuentro y buscar un lugar más discreto, lejos de cámaras o posibles testigos. También le sugirió establecer una ruta de salida más segura.

Pero esas indicaciones, dice, no fueron seguidas.

Katherine llegó directamente al lugar donde ya se encontraba Chipi, lo que, según el propio relato, aumentó el riesgo en una operación que ya estaba en marcha y que, para ese momento, parecía no tener vuelta atrás.

Minutos antes del ataque, todo estaba en marcha. Según el testimonio, hubo una última comunicación por videollamada en la que se confirmó que ya estaban en el punto y que el movimiento en el lugar era el esperado.

En esa conversación, surgieron dudas sobre el arma. El Viejo aseguró que indicó que no requería manipulación adicional, aunque desde el vehículo le advirtieron que el sistema podía generar dificultades al momento de disparar. La preocupación era clara: el control del arma por parte del menor que ejecutaría el atentado.

Aun así, la instrucción fue seguir adelante.

Minutos después, llegó el mensaje que confirmaba la ejecución: “ya fue”. Sin embargo, la comunicación fue breve y confusa. No hubo mayores detalles. A partir de ese momento, el silencio.

Días más tarde, al conocer por las noticias que uno de los implicados había sido capturado, el Viejo aseguró que tomó medidas para evitar ser rastreado: destruyó su línea telefónica y se deshizo del dispositivo.

Pero el plan, como lo concebían, no se había cumplido completamente.

En el lenguaje de la organización, “la vuelta” no había salido como esperaban. El objetivo seguía con vida, y eso significaba una cosa: no habría pago.

Según su relato, en un encuentro posterior, Yako le habría dejado claro que, aunque el ataque se ejecutó, el resultado no era suficiente. La orden, en términos simples, era que el trabajo debía estar terminado para que el dinero fuera entregado.

Y el dinero no era menor.

El Viejo habló de una suma que deja ver la dimensión del plan: mil millones de pesos por concretar el asesinato. Ese era el acuerdo, repartido entre quienes participaban directamente en la operación.

Con el caso ya expuesto públicamente y bajo presión mediática, la prioridad cambió: desaparecer a los involucrados. Según su versión, recibió instrucciones para sacar a Katherine de Bogotá y trasladarla hacia el sur del país, específicamente hacia Caquetá.

El objetivo ya no era ejecutar el plan.

Era borrar las huellas.

El plan no terminaba con el atentado. También incluía silenciar a quienes sabían demasiado.

Según el testimonio, Katherine fue sacada de Bogotá bajo la promesa de esconderla, pero en realidad su destino era otro. El Viejo aseguró que recibió una orden directa: debía eliminarla. Sin embargo, se negó. Argumentó que no tenía “corazón” para hacerlo, por lo que le dieron una nueva instrucción: enviarla hacia el sur del país.

Para ello, le entregaron dinero y le indicaron que la dirigiera hacia Caquetá, específicamente a la zona de Florencia. La idea, según el relato, era que allí fuera recibida por estructuras armadas y se mantuviera bajo control.

Katherine emprendió el viaje sin saber lo que realmente ocurría detrás. Pero lo que los involucrados no sabían era que ya estaba siendo seguida por las autoridades.

En medio del trayecto, el vehículo en el que se movilizaba presentó una falla. Lo que parecía un contratiempo resultó ser una maniobra para ganar tiempo. Días después, fue capturada. Su detención marcó un punto clave en la investigación.

A partir de ahí, todo comenzó a desmoronarse.

El Viejo relató que, al enterarse por noticias de la captura, entró en pánico. Cortó comunicaciones, eliminó evidencias y huyó nuevamente. La presión aumentaba y el cerco se cerraba.

Tiempo después, logró retomar contacto con Yako a través de una aplicación encriptada. En esa conversación, según dijo, se usaron claves para confirmar lo que hasta ese momento era incierto: el estado del objetivo.

El mensaje fue claro.

Para la organización, el “trabajo” finalmente se había cumplido.

Tras ese intercambio, el contacto se perdió. Días después, el Viejo fue capturado.

En su declaración ante la Fiscalía, reconoció su participación dentro de la estructura criminal y aseguró que, aunque no tenía intención personal de cometer el asesinato, estaba comprometido en una operación donde negarse no era una opción.

Porque, según sus propias palabras, en ese mundo, no cumplir una orden también puede costar la vida.

En su declaración, el Viejo también reconoció cómo terminó vinculado directamente a la estructura criminal. Según dijo, el contacto con alias el Zarco Aldinever fue determinante: fue él quien le dejó claro que, desde ese momento, trabajaría para la organización.

Aceptó.

Y con esa decisión, según su propio relato, quedó atado a una cadena de órdenes que no admitían retroceso.

El Viejo aseguró que, cuando entendió que el objetivo era un senador de la República, sintió que la situación era distinta. Intuía el impacto que tendría el crimen, incluso habló de que podía convertirlo en un “mártir”. Sin embargo, ya estaba dentro del engranaje.

Salir no era una opción.

Según explicó, negarse habría significado ponerse en la mira de la misma organización. Temía represalias directas, incluso ser ejecutado por quienes le habían dado la orden.

En su testimonio también dejó claro su pasado dentro de estructuras armadas ilegales. Aunque nunca integró un frente de combate, sí operó como miliciano urbano, cumpliendo encargos en la ciudad y manteniendo contacto con integrantes de la guerrilla incluso después de salir de prisión.

Esa conexión, afirmó, se mantuvo a través de Yako, quien seguía activo dentro de estructuras disidentes.

La investigación también reveló detalles clave sobre la forma en que se comunicaban. En sus dispositivos, los contactos estaban guardados con nombres en clave: Yako, por ejemplo, aparecía registrado como “Pollo Asado”, mientras que el Zarco tenía otro alias en su agenda. Un sistema básico, pero funcional, para evadir rastreos.

Uno de los momentos más reveladores del interrogatorio surgió cuando los investigadores le preguntaron por un mensaje encontrado en su celular con la frase “ojo por ojo”. Su respuesta fue directa: para él, esa expresión significaba que el objetivo finalmente había muerto.

Ese desenlace, según su relato, marcaba el cumplimiento total de la orden.

Pero más allá del caso puntual, el Viejo también habló de algo aún más inquietante: la presencia de estas estructuras en Bogotá.

Aseguró que operan en la ciudad utilizando redes de delincuencia común para pasar desapercibidas. Una forma de mimetizarse, de moverse sin levantar sospechas y ejecutar operaciones sin exposición directa.

Incluso fue más allá: sostuvo que, en muchos casos, la motivación ya no responde a ideologías, sino a intereses económicos.

Dinero por encima de cualquier causa.

Finalmente, identificó la estructura de mando: señaló a Iván Márquez como máximo jefe de la Segunda Marquetalia, acompañado por hombres de confianza que, según dijo, coordinaban operaciones de alto nivel.

Un testimonio que no solo reconstruye un crimen.

Sino que deja al descubierto cómo operan, se infiltran y ejecutan en las sombras.


La muerte de Miguel Uribe Turbay provocó luto nacional y retrocedió al país a las peores épocas de la violencia, cuando fueron asesinados candidatos presidenciales a finales de los años ochenta y comienzos de los noventa.

La Fiscalía y la Policía emprendieron una gigantesca investigación y cacería de los autores del crimen. La Segunda Marquetalia, según el Viejo, tenía un plan para entorpecer la investigación. “Seiscientos millones de pesos que se iban a pagar para que no metieran en esa investigación a Kendry o no llegaran más arriba (…) Esa plata era para tenerla lista por si se podía llegar a los que llevaban la investigación; si comían (se dejaban sobornar), se los daban; pero si no lo hacían, para que no llegaran a los autores. Tocaba ‘mochar la cabeza’ (matarlos)”.

Este viernes, tras un preacuerdo con la Fiscalía, el Viejo aceptó su participación en el crimen y, aunque pidió perdón, el daño ya está hecho.

 Kendry Téllez Álvarez, alias Yako, habría huido del país y estaría refugiado en Venezuela junto con Iván Márquez, a quien la Fiscalía no descarta expedirle una nueva orden de captura, esta vez por el magnicidio de Miguel Uribe Turbay.

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